26 jun 2012

The Smashing Pumpkins, Oceania

Si me hubieran dicho hace un par de años que The Smashing Pumpkins estaban muertos, me lo hubiese creído sin importarme demasiado, pero después de escuchar Oceania... No solo están vivitos y coleando sino que están dispuestos a seguir así hasta que Billy “Zampabollos” Corgan se quede mudo o explote (esto último es más plausible viendo como se está poniendo el zagal).


El noveno disco de la banda estadounidense empieza de manera jodidamente espectacular. Quasar te explota en la cabeza, el inicio me recuerda ligeramente a Can't Stop de Red Hot Chili Peppers pero los de Billy “Tonelete” Corgan le meten zapatilla en menos que canta un rayo y tu te clavas en tu butaca. Adoro la batería y los riff de guitarra al más puro estilo Prog-Rock. Luego viene Panopticon, para “calmar” un poco el ambiente. Siento debilidad por los compases ¾ y este tema hace que se me ablande el corazón. Desde luego este grupo sabe como ganarme desde su glorioso Siamese Dream. Sigue el CD con The Celestials, baja un poquito más la intensidad y nos clava esta canción para las masas. Ligerita, con un estribillo reconocible y un interludio electrónico. No obstante, para que no nos olvidemos que estamos ante una banda referente en cuanto a música alternativa y marginal, el tema acaba con 20 segundos de molesta distorsión de guitarra (¡Ay Billy, Billy! ¿No te pudiste contener, eh?).
Violet Rays y My Love is Winter vienen a continuación. Aquí se percibe cierta relajación por parte del grupo, como que van con el piloto automático, tirando de fórmula para cascarse dos temas más. Afortunadamente el nuevo batería, Mike Byrne, y el guitarra, Jeff Schroeder, son suficientemente buenos como para tapar la vagancia.
Después de esto llega el que es, de largo, el tema más bizarro del disco, One Diamond, One Heart. Para mi gusto, esa base electrónica constante me parece de lo más chusca y Billy “Arruina Buffets” Corgan parece que esté cantando como si se autoparodiase. Por suerte llegamos al ecuador del CD con Pinwheels. Y de nuevo me quito el sombrero, Billy se deja de chuminadas y se pone a componer como dios manda. Vale que este tema no es Today, ni 1979, pero me gusta tanto como sus míticos temas. Una canción 100% Smashing Pumpkin pero pasada por el filtro de la experiencia que da llevar casi un cuarto de siglo haciendo música.
Con Oceania llega la hora de ponerlo todo. El tema que da nombre al disco, es una especie de conglomerado de canciones, una megacanción de 9 minutos que si bien instrumentalmente es genial, me dejó un tanto frío, por no mencionar que acaba con un fade out. Y aquí nuestro amigo Ian Sánchez me dijo una vez que si un tema acaba con un fade out es un tema de mierda. Ahora bien, esta canción en concierto será de esas que la gente acaba como loca y con toda la banda regalándose en cada parte.
Sigue la cosa con Pale Horse, un pufo que sirve para a) dormir a las cabras; o b) hacer que la siguiente canción, The Chimera, parezca más buena. Lo cierto es que tanto The Chimera como Glissandra son dos temas correctos, que dan lo que se les pide, retomar la intensidad con la que ha empezado el álbum y yo sigo obnubilado con el batería, gran estrella del disco.
Llega la recta final con Inkless, un tema a la vieja usanza, muy al estilo del Siamese Dream con un simpatiquísimo solo de guitarra a mitad de canción. Y acabamos con Wildflower, una canción más propia de un grupo de Post-Rock y que peca un poco de aburrida, tal vez otro tema para finiquitar el álbum hubiese ido mejor.

En conclusión, Oceania es un buen disco que empieza de manera brutal para dormirse a la mitad e intentar despertar en su último tercio. La voz de Billy “Bola de billar” Corgan es reconocible hasta para un sordo y eso le da un plus de autenticidad al CD, para que no acabe siendo el trabajo random de un grupo cualquiera. Aunque The Smashing Pumpkins no solo es Billy, la banda de Chicago cuenta con unos músicos tremendamente buenos capaces de aguantar la canción cuando a Billy “Me hago los bocatas con bizcocho” Corgan se le va la olla. Poco a poco se han ido conviertiendo en los Dream Theatre de la música indie, porque lo de grunge hace mucho, pero mucho, que lo dejaron de lado.

Por Fran Vázquez


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