Gojira es de esos grupos que o te provocan una erección o te hacen vomitar. No
hay medias tintas con esos franceses locos. Y la verdad, son especiales. No es
el típico grupo, con las típicas melodías, los típicos mensajes y los típicos
riffs, que el metal exige. Son una especie de eruditos. Y lo demuestran
habiendo escogido el nombre de una película de François Truffaut para su quinto disco: L’Enfant Sauvage. Algunos pensaréis: “¡encima de franchutes,
pedantes!”. Pero no llevan pedantería alguna. Es un mensaje en toda regla sobre
lo que es el disco. L’Enfant Sauvage de Truffaut narra la historia de Víctor de
Aveyron, un niño de 12 años que fue encontrado en un bosque cerca de Toulouse,
donde se había criado salvajemente, sin ningún tipo de contacto humano y que
fue objeto de experimentos e investigaciones, despojándole de la libertad y
felicidad propias del ser humano en su estado natural. De esta manera, L’Enfant
Sauvage de Gojira propone una reflexión sobre lo tribal y lo tecnológico, lo
antiguo y lo moderno, lo verdadero y lo falso. Es un disco de contrastes, con
intros suaves rotas por una voz, a veces, enfermiza. Con canciones más
instrumentales mezcladas con verdaderas explosiones de griterío y fuerza. Así
que, sin más dilación, analicemos esos contrastes.
El disco empieza de forma impactante con, ya lo dice su nombre, “Explosia”. La canción parece que diga: “Estamos aquí de nuevo. ¡Ha
vuelto Gojira!”. Riffs psicópatas abriéndose paso entre los ritmos rotos de la
batería y la voz de desesperación de Joe Duplantier. Después de una parte final
con una guitarra rollo western llega “L’Enfant
Sauvage”, con una guitarra muy a lo “New Noise” de Refused y una explosión con el doble bombo que elevan la canción a
la categoría de “temazo”.
“The Axe”,
corta la atmósfera que se había logrado con los dos primeros temas. Es una canción
oscura, fúnebre, satánica. “Liquid Fire”
prende muy rápidamente, y en cuestión de segundos te mete de lleno en el
universo Gojira, donde todo puede pasar. Como, por ejemplo, escuchar frases
cantadas por voces robóticas, sobre una percusión bastante tribal. Este
contraste es el que da brillo a esta canción y justifica el siguiente tema, “The Wild Healer”, una pieza
instrumental de corta duración, experimental, con efectos y un riff de guitarra
que se repite para que te acostumbres a este interludio.
Llegamos a la mitad
del disco con “Planned Obsolence”,
también con unas frases con distorsión en la voz. Como si lo recitara una máquina.
Cabe destacar esa parte central de la canción, en la que el riff de guitarra y
las voces distorsionadas te suspenden en el aire y la habilidad de Mario
Duplantier con las baquetas te devuelve a la Tierra. El valso “Mouth Of Kala” sigue el estilo
deathmetalero de Gojira a la perfección, con el doble bombo danzando con una
guitarra contundente. A continuación llega la hipnotizante “The Guift Of Guilt” con una intro
hermosa que es retomada al estribillo y a la parte final donde la melodía desgarrada de la voz
hace que te impacte en el pecho. “Pain Is A Master” es una canción que avanza en línea recta hasta el final. No hay altibajos que te hagan perder la cabeza. Las intros suaves continúan en “Born In Winter”, la “balada” del disco,
un tema que va in crescendo y acaba muriendo con la suavidad que marcaba la
intro.
“The Fall” es la encargada de cerrar el disco, creando una atmósfera industrial ruidosa, gris y estridente con unos riffs
de guitarra que suenan para ser recordados y una voz solemne que hace que la
experiencia de haber escuchado este disco por primera vez sea fabulosa.
No hay muchas cosas más a
comentar de este discazo. Los que ya conocían al grupo francés lo verán como
otra pieza única en su discografía. Los nuevos, los que nunca antes habían escuchado
Gojira, los que pensaban “¡encima de franchutes, pedantes!”, se habrán tragado
sus palabras.
Por Aniol Florensa


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