Band of Horses es una de esas bandas
que me gustan y no sé por qué, supongo que es por la temblorosa voz
de Ben Birdwell o sus melodías agridulces, pero igualmente no sabría
dar un motivo concreto. Así como tampoco podría englobarlos en un
estilo definido. ¿Qué tocáis? Supongo que indie rock, pero tenéis
ese ramalazo de folk sureño (¿Existe el folk sureño? Es igual, me
sirve como ejemplo). El caso es que la banda venía de sacar su mejor
disco (a mi parecer), Infinite Arms, allá por el 2010. Un discazo
como la copa de un pino, unos coros brutales, unas melodías
preciosas, su mejor obra. Ahora nos llega el Mirage Rock, un álbum
un poco más contenido, creo. Ben y los suyos tiran de fórmula, de
lo que les funcionó antaño pero lo diluyen un poco demasiado, el
disco es más poppy, joder! No hay un Laredo, no hay un Factory, no
escucharemos un Northwest Apartament y ni de coña oíremos un The
Funeral, solo oíremos aproximaciones a lo que causaban esas
canciones, falta esa garra aterciopelada con la que nos abrieron
suavemente en canal años atrás.
Y como seguramente tendré un ejército
de fans acercándose a mi casa para quemarme en una hoguera diré, en
mi defensa, que el disco tampoco es tan malo, es reguleras. Afortunadamente, Band
of Horses son suficientemente buenos como para sonar competentes
incluso cuando van con el piloto automático. Así pues, después de
superar la tediosa Knock Knock, podemos deleitarnos con How to live y
Slow cruel hands of time, ésta última nada del otro mundo si no
fuera por la prodigiosa voz de Birdwell y los supercoros que nos
clavan.
Luego llegan A little biblical y
Shout-In tourist y uno se pregunta qué coño hacen esas canciones ahí, dos temas U2, como me gusta llamar a esas canciones lentas, que
no arrancan jamás y que parece que duren el doble de lo que duran.
Desde aquí dar las gracias a Bono y su crew por dejarse la bolsa
escrotal en casa el día que se propusieron crear un nuevo estilo de
música. Gracias a dios, BoH no son los irlandeses y como recompensa -o para redimirse por lo que acaban de grabar- nos brindan Dumpster
World, el mejor tema del disco que me recuerda vagamente a Pink Floyd
(Comfortably Numb y eso).
La mitad hacia abajo del CD apunta a lo que
viene siendo hasta ahora, una especie de combinación de temas sin
mucho intríngulis, sin demasiada alma, con alguna que otra canción
interesante. El caso de Electric Music, un tema del que te pasas los
3 minutos y medio que dura esperando un arranque, una subida de
intensidad, pero no. Sigue Everything's gonna be undone que parece
una canción de broma -me imagino a Ben Birdwell y a Creighton Barrett partiéndose el culo de la risa en el estudio- y Feud, que no sé si será por contraste pero
tiene su gracejo, aunque quedará la duda de ¿era necesario cantar
tan agudo?
Pero alto ahí porque La banda de los
caballos nos reserva dos perlitas, Long Vows y Heartbreak on the 101.
Dos temas que se salen un poco del estilo (por contar con otra voz)
pero que de verdad consiguen sobresalir en ese mar de 'psché' que ha
sido todo el álbum.
En definitiva, un disco flojillo, una
especie de sucesión de aceleraciones y frenadas en seco que no te
hacen acabar despegar. Si obstante, un fallo no puede servir para
destrozar la carrera de un grupo que ha demostrado tener talento a
raudales. No seré yo quien reniegue de estos estadounidenses solo
por un disco flojo. Ahora bien, espero que en el próximo disco nos
la vuelvan a cascar dura y no sea solo un 'espejismo de rock'.
Por Fran Vázquez

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